Cuento
Ella lo detestaba, lo odiaba con cada célula de su cuerpo. Él la aborrecía, su simple olor le provocaba náuseas. Su matrimonio de diez años era una mentira, las apariencias y sus posiciones sociales lo eran absolutamente todo. Habían llegado a un punto de no retorno. Fruto de ese infeliz y tortuoso paripé había nacido una única hija, Amanda. Ella era sencillamente la razón de ser de aquellos infelices padres, lo era todo en sus simples y deterioradas vidas. La rutina los había envuelto en una vorágine de odio y amor casi inexplicable. Todas las noches cenaban junto a Amanda, escuchándola, testigos de cómo se convertía en una persona de bien, justa y amable. ¿Cómo era aquello posible? ¿Que dos personas que se maldecían mutuamente hubiesen gestado y criado un maravilloso ser de luz? Amanda era una muchacha alegre y verdaderamente feliz. Ellos sabían fingir muy bien, conocían a la perfección su rol.
–Cariño, ¿cómo te fue hoy? – preguntó ella hipócritamente.
–De maravilla, mi vida; fue un día espléndido– respondió él fingidamente.
Sus labios se fundieron en un beso de amor ficticio. Amanda estaba orgullosa del amor que se profesaban sus progenitores. Al ser las diez de la mañana del día siguiente, el teléfono de la casa timbró un par de veces.
–Buenos días, residencia Romasanta. ¿En qué puedo servirle?– contestó ella.
–Buenos días, le saludamos del Banco Pichincha. Queremos informarle que se ha iniciado el proceso de remate de la residencia Romasanta, sita en la calle Betania, 525A. Esto debido al impago de cuotas durante los últimos seis meses– dijeron del otro lado.
Aquella noticia retumbó en sus oídos dejándola perpleja. Un temblor espantoso y gélido recorrió su cuerpo. No daba crédito a lo escuchado; sencillamente era increíble.
–¿Seis meses? ¿Seis meses de impago? ¡Maldito bastardo, mil veces maldito! Esta ignominia no la dejaré pasar.
Sí, habían pasado ya seis meses en los cuales no se había acreditado ningún pago a la cuenta de la casa. A esta altura era más que evidente que perderían su bien más preciado. Él le había fallado, otra vez. Los fantasmas del pasado que habían arruinado su matrimonio se asomaban de forma inequívoca. Ella quería literalmente matarlo, hacerlo sufrir y desaparecerlo de sus vidas. Su vicio había regresado haciendo estragos en la vida de todos. Él era un pobre desgraciado que había vuelto a recaer en el patético mundo de las apuestas, no lo podía controlar, sencillamente no podía. Devastada y humillada, se refugió en un viejo conocido. Ni siquiera usó un vaso; abrió la botella de licor y se deleitó con el dulce néctar del agave. Con el pasar de tres botellas y unas cuantas horas, su ebriedad le ganó la partida. Era un piltrafa humana, borracha y bañada en sus propias excretas; no podía siquiera sostenerse en pie. Al entrar a la casa, él atestiguo en silencio aquel lamentable espectáculo. Esa despiadada realidad que había destruido su matrimonio estaba de vuelta. Estaba fúrico, deseaba asesinarla.
–¿Cómo pudo volver a tomar?– se preguntó.
Al parecer, las apuestas y el alcoholismo se habían confabulado nuevamente para truncar la cena, aquel bello y esplendido momento que Amanda siempre esperaba con ansias.
Al día siguiente, cuando la luna comenzaba a asomarse, se sentaron a la mesa una vez más para compartir la cena.
–¿Quieres un té, mi amor? – preguntó ella.
–Gracias, prefiero retirarme y trabajar un rato en el garaje– respondió él.
Él sabía cuánto ella detestaba que se retirara de la mesa para trabajar en esa carcacha vieja que tenía por carro y que regresara a la casa hecho un asco de suciedad. Al rato, él entro en el cuarto con los pies y las manos llenas de aceite y todo manchado. Ella lo miró de arriba abajo con detalle.
–Aquí está tu té, te va a encantar. ¡Tómatelo!– insistió ella.
Él bebió el té lentamente mientras la observaba con detenimiento.
–Gracias, muy rico– dijo él.
La noche se posó con un manto de tiniebla sombrío. Por alguna extraña razón, él no podía dormir; empezó a ahogarse y a sentir una parálisis que le subía de los pies a la cabeza. Un fuego quemaba su boca impidiéndole el habla. Obviamente ella disfrutaba cada segundo de aquel singular acontecimiento. Fue una muerte espantosa: parálisis motriz respiratoria. Veinte gramos de botulina habían sido suficientes para arrebatarle la vida de una forma macabra y no dejar huella de tan espeluznante asesinato. Perezosamente se levantó y recogió la ropa llena de aceite de su ahora difunto marido y la quemó. Al enterarse de lo sucedido, Amanda simplemente cayó en un limbo sin salida, perdió la alegría de vivir, de soñar, de amar… No hacía más que llorar en forma desconsolada.
Ya había pasado una semana de aquella tragedia. Ella estaba aturdida y confundida. No podía creer lo que había hecho. Subió a su carro y manejó hacia a las montañas. Aquel remanso de paz y tranquilidad que siempre había calmado su espíritu. Había manejado unos cuantos minutos cuando llegó a la cima. Para su horror y total desesperación, cuando iba bajando por aquel camino se dio cuenta de que los frenos de su carro no funcionaban. ¡Estaba aterrorizada! El vehículo se desplomó al vacío y explotó en una bola de fuego. Fue una muerte horripilante.
Veinte años habían pasado ya. ¡Veinte años! Ya casi nadie visitaba a Amanda, ni siquiera sus amigos y familiares cercanos. Ella pasaba los meses y los años sentada frente al espejo. En el manicomio todos creen que algún día ella volverá a hablar.
Cuento “La muerte del amor”, Olmedo Bula-Villalobos. Revista Umbral, volumen 45, N.º 2. Diciembre, 2020. ISSN: 1409-1534, EISSN electrónico: 2215-6178.

Acerca del autor
Docente en Universidad Estatal a Distancia
San José, Costa Rica
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