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El sabio y el tenaz de Quirquenia

Tale “The wise man and the tenacious one from Quirquenia”

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Cuento

El pueblo de Quirquenia vivía mil años de bonanza: las tierras eran fértiles, los inviernos y veranos nunca fueron extremos, las personas solo morían cuando querían envejecer y todos eran millonarios, pero debían cumplir una sola ley que les impedía salir del pueblo sin autorización del sabio. No obstante, nadie necesitaba viajar más allá de las grandes montañas, salvo que comercializara productos con los pueblos más cercanos. 

En temporada de cosecha de maíz, las mazorcas contenían granos de oro. Era común ver a mujeres de largos vestidos con un canasto para recoger los vegetales y frutos frescos en las colinas desconocidas, ya que los dueños de las cosechas disfrutaban compartir lo que producían sin esperar nada a cambio. Nunca fue bien visto presumir ante su vecino; por el contrario, nadie cenaba sin asegurarse de que su colindante tuviera al menos doce porciones distintas de alimentos en la mesa para disfrutar con su familia. 

Una noche, el tenaz de Quirquenia salió del pueblo en la madrugada, sin avisar al sabio. Tomó los frutos más secos que tenía guardados en su casa para llevarlos como provisiones a lo largo del camino y no pasar hambre hasta llegar al pueblo más cercano, donde vendería el maíz que sus vecinos le obsequiaron para consumo familiar. Ese mismo día, por la tarde, el tenaz volvió a Quirquenia con un costal de monedas infectadas con el odio y la avaricia. Cuatro lunas bastaron para que todo el pueblo se llenara de miseria, plagado de egoísmo entre las personas. Se convirtió en un lugar de antipatía y reproche. 

Las tierras no volvieron a ser fértiles, los inviernos pasaron a ser áridos y fríos; se pasaba hambre. En verano morían de sed, y los que sobrevivían envejecían tan rápido que no podían trabajar más. Las personas robaban frutos para venderlos en el pueblo más cercano por dos o tres monedas de plata; nadie volvió a preocuparse por el vecino y los dueños de las cosechas cercaban sus terrenos con arbustos de espinas. Basta con decir que en solo veinte lunas ya nadie era millonario. 

Un día el sabio se encontró con el tenaz de Quirquenia. Este último, tratando de mantener oculto su secreto y para solventar lo ocurrido, le preguntó al sabio sobre la razón de los males que acechaban al pueblo. Ante eso, el sabio respondió: 

—Tan secos son los frutos como la tierra es infértil, es obvio. No puede haber buena cosecha si el terreno es estéril, como también es infecundo el suelo porque la semilla es venenosa. 

El tenaz, sorprendido, respondió: 

—¿Qué debemos hacer primero: arar la tierra o recoger las semillas que dices que son venenosas? ¿Qué debemos hacer para no envejecer? 

El sabio le contestó: 

—Cuando el culpable acepte sus errores y libere hasta la última moneda del costal para que vea la luz del sol, sin pedir nada a cambio, no necesitará de la madrugada para ocultarse ni de frutos secos para alimentarse. Los arbustos no producirán espinas, de la tierra germinará la semilla que dejará de ser venenosa, y en otras veinte lunas las personas de Quirquenia compartirán su comida, protegerán a quienes más lo necesiten y no habrá sed… ¿Cuánto más quieres envejecer?

Cuento “El sabio y el tenaz de Quirquenia”, Allan Gerardo Morales-Vargas. Revista Umbral, volumen 45, N.º 2. Diciembre, 2020. ISSN: 1409-1534, EISSN electrónico: 2215-6178

Acerca del autor

allanmoralesvargas@gmail.com | + posts

Contralor en COOPESA R.L.
San José, Costa Rica

Referencias bibliográficas

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Recibido: 25/09/2020
Aceptado: 25/09/2020
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CÓMO CITAR / HOW TO CITE
Morales-Vargas, A. (2020). El sabio y el tenaz. Revista Umbral, 45(2), pp. 42-44