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Cuento: Encontré un cominito

Tale: “I found a cominito”

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Allá por los años setenta, los domingos eran para mí el día más esperado de la semana, un día muy especial; era la visita a la casa de mis abuelos paternos, en donde nos reuníamos todas las familias: hermanos, tíos y primos; aquello era como un jolgorio, un turno, un gran fiestón. 

La tierna voz de mi abuela nos daba la bienvenida y, con un tierno beso y un gran abrazo, así siempre nos recibía. 

Pues déjenme contarles el porqué de esta historia, que surgió en esta bella casa, el día que mi tío abuelo Antolín encontró un cominito. 

Columpiándome en aquella gran hamaca sujetada a un gran árbol de mango, sentía la brisa del viento acariciando mi cara y alborotando mis largos cabellos. Al llegar la tarde, un sonido ensordecedor comenzó a despertar mi curiosidad: “ssssshhhhh”. Como niña avispada y traviesa buscaba por todas partes, pero no lograba descubrir qué era aquel misterioso ruido. ¡Qué extraño! –pensé–. ¿Será acaso un pequeño grillo que se encuentra atrapado y no puede salir? 

Corrí a toda prisa en busca de mi tío abuelo, pues sabía que con sus sabias palabras daría respuesta a mi pregunta, y al misterio de aquel ruido que reinaba por todo el lugar. 

–Tío Antolín –pregunté–, ¿qué es ese ruido? 

Y él, tiernamente, me respondió: 

–Es esto, mi niña linda –y abriendo sus tiernas manos me dijo: –Mire, le encontré este cominito. 

Frunciendo mi ceño en señal de asombro, volví a preguntar: 

–¿Un qué? 

–Un cominito, mi niña. 

Al ver que su respuesta no me aclaraba lo que yo esperaba, me dijo: 

–Bueno, siéntese para que escuche la maravillosa historia sobre los cominitos que le voy a contar. 

Y fue así como comenzó la descripción de aquel indefenso insecto que se encontraba dormido en sus manos: 

–Cuando se acercan los calores de marzo este gran insecto inicia su hermosa sinfonía. Por lo general vive en las ramas de los árboles, y aprovecha el calor para cantar a viva voz. Son hermosas cantarinas que solemos escuchar en esta época de calor o cuando se acerca la Semana Santa; son un misterio para los humanos. ¿Sabe, mi niña? Estos cominitos pueden vivir entre uno o cuatro años durmiendo dentro de la tierra, y salir cuando ya están adultos. 

–Tío Antolín –interrumpía su relato–, pero, ¿cómo pueden vivir tanto tiempo dentro de la tierra? ¿Cómo nacen? ¿De qué se alimentan? No puedo entender –así continuaban mis preguntas–. 

–Bueno, mi niña, la hembra coloca, cual danza bailarina de amor, sus huevecillos sobre los troncos de los árboles, y entre ellos el poró y el de guaba son sus preferidos. 

–¿El poró como el que hay en el patio de la vecina? 

–Sí, ese mismo árbol de hojas amarillas que parecen adornadas por el sol. –Y así continuaba su relato–. Tras crecer en los huevecillos, la nueva generación de cominitos caen rápidamente al suelo y se entierran; todavía son bebés y, al igual que usted, no están preparados para vivir cosas de adultos. Estos grandes insectos de ojos avispados se alimentan de la savia de los árboles y de otras plantas. Al pasar unos años, cuando ya han ganado peso y tamaño, como los niños, conocimiento y sabiduría, estarán listos para salir a entonar el canto amoroso que nos regalan todos los años bajo los calurosos días de marzo. Los cominitos tienen corta vida, y esto nos enseña la importancia de vivir cada momento con alegría. Cuando mueren, tienen una función muy especial: su cuerpo inerte sirve de abono para otros árboles o de alimento para otros insectos. 

Interrumpía de nuevo: 

–Y ¿porqué cantan tan fuerte? 

–No, mi querida niña, los cominitos emiten un sonido especial: ellos no cantan, estridulan; y al igual que sus parientes de la noche, los grillos, solo los machos lo hacen, pero no con la boca sino con unos sacos de aire que se encuentran en su abdomen, que inflan y desinflan como un enorme globo. Y es así como emiten el sonido. 

Asombrada lo escuchaba, aunque no entendía mucho eso de que “estridulan”. 

–Tío –pregunté–, y ¿por qué este cominito no se mueve? ¿Está dormido? 

Con una mirada de tristeza, me dijo: –No, mi niña, ya murió. Los cominitos solo viven de tres a cuatro semanas, es decir, muy poco tiempo. 

Decidida y con temor, tomé el cominito que tenía mi tío en sus manos y lo llevé hasta la orilla del árbol de mango, en donde hice un pequeño agujero y lo coloqué con mucho cuidado. Mi tío abuelo, que observaba lo que hacía, se acercó a mí y, en señal de aprobación, me dio una palmada en mi hombro. 

En ese momento mi mamá me llamaba, ya era hora de partir. Mi amado tío, al despedirse de mí, me dijo una frase que nunca olvidaré: “Recuerde, mi niña, que las cosas simples nos enseñan lo esencial de la vida, la familia y lo que aprendemos en ella, desde el respeto, la colaboración, la unión y el amor”. 

La mazorca se ha ido desgranando con el paso del tiempo, pero los relatos de aquel sabio señor y las vivencias de mi niñez perdurarán por siempre en mi corazón. Y es así como, hasta el día de hoy, las chicharras para mí serán siempre los cominitos de la historia que una vez me contó mi tío Antolín. 

Encontré un cominito. Maricruz Céspedes-Alvarado. Revista Umbral, volumen 46, N.º 1, enero-junio, 2021. ISSN 1409-1534, e-ISSN 2215-6178

Acerca del autor

mcespedes@uned.ac.cr | + posts

Universidad Estatal a Distancia
San José, Costa Rica
ID ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4355-3858

Referencias bibliográficas

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Recibido: 15/09/2020
Aceptado: 17/12/2020
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